Por la naturaleza de mi trabajo, me ha tocado negociar con personas de varias nacionalidades, principalmente de Latinoamérica. Aunque desde un punto de vista de negocio, este contacto me ha dado una idea bastante general sobre los principales factores idiosincráticos de cada país que he visitado.
De ahí llegué a la conclusión, nada sorpresiva, de que los Brasileros son personas ante todo alegres, con todo lo que esa frase implica. Para mí, negociar con un brasilero es sinónimo de “Parcería”, Samba, Caipirinha y contentura perpetúa.
Mi innata curiosidad me llevó a querer aprender más de esta cultura, por lo que aproveché la coyuntura de mi reciente viaje laboral Brasil y que mi amigo Luis Miguel se encontraba por aquellos lares (Haciendo precisamente lo que yo quería: aprendiendo de la cultura y el idioma del país… Ah! Y de la samba, es que el te es músico), para escaparnos en una noche de Rodinho y Rumba Brasilera.
Desde mi punto de vista laboral, Sao Paolo es una ciudad que de solo verla estresa, helicópteros llenos de personas adineradas, ocupadas y apuradas (Supongo) sobrevuelan la ciudad a toda hora. El smog te hace dudar si es que todos los edificios están pintados de gris o es simple suciedad. La ciudad, indescriptiblemente grande, en la cual habitan 11 millones de personas sólo en el área metropolitana, te hace sentir interminable hasta el trayecto más corto. El crecimiento económico del país se siente desde que llegas al aeropuerto de Guarulhos y hasta que te encaramas en el ascensor para ir a tu habitación y a cualquier hora del día hay 10 personas al lado tuyo en trajes negros, hablando en cualquier idioma y únicamente temas de negocios.
Por lo que el plan era claro, yo llevaría a Luis Miguel a comer como los grandes y él debía encargarse de mostrarme el lado cultural, histórico y callejero de Sao Paolo. La churrasquería estuvo indescriptible, el cordero, las costillas y la jugosa picanha literalmente desaparecían del plato tan pronto como llegaban. En el ínterin Luis Miguel empezaba a sentirse “abrumado” con tanta carne. Nada que unas caipirinhas y unos breves segundos del semáforo en rojo para tragar los 5 últimos trozos de carne que habían lanzado en el plato mientras con la boca llena no alcanzabas a decir que no, no pudieran solucionar. Entre ponernos al día con nuestras vidas y que yo simulara hablar portuñol, se hizo la hora de la rumba.
Una hora más en taxi y llegamos a Vila Madalena, una zona bohemia en Sao Paolo de calles angostas y con pequeñas edificaciones que lucen al perfecto y sutil descuido. Allí se encuentran establecimientos de varios tipos. Supongo que a la luz del día debe ser una zona bastante transitada y repleta de artistas, músicos y vendedores informales. No dudo que haya cerca alguna plaza en la que se reúna la gente a apreciar distintas manifestaciones de arte callejero. Pero todo esto son suposiciones mías basadas en lo que me transmitió el lugar, ya que de noche casi todo está cerrado y se ve principalmente obscuro, peligroso y lleno de gente caminando a su bar respectivo.
Para nosotros, Luis Miguel eligió Ó do Borogodó. Un lugar colorido que asemeja una fiesta callejera limitada a un pequeño y acogedor espacio. Samba en vivo, músicos empedernidos y un abarrote de ardientes brasileras que hacían voltear a verlas hasta a una mujer perfectamente “straigth” como yo, así describo mi primera impresión. Por supuesto que pedimos Caipirinhas y durante el primer trago me encontraba atónita por la vibra del lugar, todo el mundo sonriente bailaba solo o en pareja, tarareaba las canciones y Luis Miguel intentaba explicarme el concepto y significado de la samba para esta gente, mientras yo sólo lograba sentirme cada vez más pequeña e insignificante en aquel rincón. Nunca me había intimidado tanto el ritmo de otras personas como en ese lugar y no podía parar de decirlo.
Segundo trago y Luis Miguel empezaba a animarme a aprender a bailar con algún brasilero. Yo seguía pegada a la silla y sin ninguna intención de mostrar mis pocas habilidades de salsera venezolana. A esta hora ya empezaba a fijarme en uno que otros ojos verdes, grises, marrones infinitos y fundidos en corpulentos entes, matizados de todas las tonalidades de rubios a morenos, que me miraban como afirmando que yo no era de ahí y que me encantaría poder estar bailando a la altura de todos ellos. Yo sólo volteaba a mirar mi caipirinha y esperaba que no se atrevieran a sacarme a bailar. Voy al baño y al regresar Luis Miguel ya se había hecho amigo de 3 Brasileras sentadas a nuestro lado, por lo que al quedarme parada ya era inevitable siquiera mover los pies y dejarme llevar por la suave y mágica melodía. Intentaba elegir a la mejor bailarina del lugar para seguirla con la mirada mientras hacía una muy mala imitación de su ligero movimiento. Todos parecían estar flotando en el aire, como si seguir la música fuera lo más natural y fácil de este mundo. Mientras tanto yo sentía que mis piernas por el contrario pesaban demasiado y al perder la concentración empezaban a moverse como títere descompuesto.
El primer valiente me toma por la cintura y sin darme cuenta ya estaba en medio de la pista dando mis primeros pasos improvisados de Samba. En portunhol me dice que sólo debía seguirlo. Siempre sonriente como el resto, me zarandeó por todo el lugar mientras yo literalmente sólo lo seguía. Termina la música y ya me sentía en calor para empezar a charlar con alguien más, mientras Luis Miguel se defendía junto a una brasilera en la pista. Segundo valiente y el ritmo era ahora más rápido lo cual facilitó un poco mi desenvolvimiento, al ser más parecido a la salsa. Me impresionaba y encantaba a la vez que aquí a nadie le importara que 2 amigos estén solos en una rumba, ese pequeño detalle a nadie intimida. Tercer valiente y Luis Miguel ya bromeaba con mi mejora en el área. Los brasileros cuando bailan se inspiran y toman a su pareja con la seguridad de un caballero mezclado con un perfecto destello de falta de respeto. Cuarto valiente y ya hablaba portunhol mientras seguía los pies de mi contrincante. Luis Miguel seguía bromeando con mi sutil avance en materia de Samba.
Y entre risas, caipirinha y músicos terminó esta gran experiencia que es sólo el inicio de próximas aventuras y noches brasileras que vendrán, porque ahora este destino está dentro de mis próximos Top 5 a visitar cuando llegue el momento preciso. Agradezco a todos los brasileros que sin saberlo hicieron mi experiencia inigualable. Agradecimientos especiales a María Rita, Paulinho da Viola y Joao Gilberto que con su música me acompañaron en la redacción de este post. Ni hablar de Luis Miguel por llevarme a Ó do Borogodó.
!Volveré pronto a la revancha de la Samba! !Dios la bendiga!
