Luego de leer y escuchar varias críticas y
opiniones constructivas y destructivas sobre el famoso video “Caracas, Ciudad de Despedidas”, y ya con los ánimos un poco más calmados en las redes sociales, decidí escribir una porción de
mi perspectiva.
Ya he dicho en este blog que soy del interior. Nací
en Valencia, mi familia materna es de Puerto Ordaz y viví 13 años en Valle de
La Pascua hasta que a los 17 años cumplí una de mis metas: Mudarme a Caracas.
Allí estudié y trabajé hasta que luego de 10 años más, como muchos de mis compañeros
de la Universidad, me fui del país y ya tengo 2 años viviendo en Panamá.
No pretendo considerarme acreedora de todas las
visiones, pero creo que tengo una perspectiva relativamente amplia de distintos
tipos de venezolanos y venezolanismos, incluyendo la de los compatriotas en el
exterior, como yo.
Por años me he enfrentado a distintas opiniones
sobre los acontecimientos y condiciones del país. Voy a generalizas aquí, la
opinión de los caraqueños y la de los del interior. Voy a excluir por ahora la
de los expatriados. Por ejemplo, recuerdo la época del paro y como mis amigos
en Caracas vivían una realidad muy diferente a la que vivían mis amigos en el
interior. Mientras en Caracas la gente no podía salir de su casa porque las
calles estaban siempre cerradas por guarimbas y marchas, en el interior la
gente iba a donde le daba la gana sin mayor planificación o preocupación, que
la de conseguir gasolina, la cual valga decir, se conseguía por lo general más
fácilmente que en la capital. Mientras en Caracas la gente observaba un país en
su mayoría unido al paro, en el interior me atrevo a decir que la visión del “paro
nacional” se notaba con mucha menos fuerza, ya que muchas personas aún seguían yendo
al trabajo. Mientras en Caracas la gente hacía milagros para conseguir algunos
productos, en el interior la gente lograba conseguir cerveza y se emborrachaba.
Recuerdo haber pasado unos días durante el paro con mi familia en Puerto Ordaz
tomando Coca Cola, sí, Coca Cola, no Big Cola ni Karlos Ramón. También recuerdo
haber viajado y disfrutado esos meses como nunca, una vez que logré salir del
pesado ambiente caraqueño y me instalé en casa de mi mamá en San Juan de los
Morros. En fin, me tocó vivir las dos realidades durante esa época y era
increíble notar la gran diferencia entre ambas: lo amarga y tensa de la
situación capitalina versus lo relativamente relajado que la gente en el pueblo
se tomaba el asunto.
Es obvio
que los acontecimientos más importantes recaigan con mayor intensidad en la
metrópolis, no en vano es ahí donde nacen la mayoría de las noticias trágicas
del país. Por eso no culpo a algunos caraqueños de la amargura que le puedan
producir las disfuncionalidades de la ciudad, pero tampoco culpo a otros
venezolanos por sentirse menos identificados con ese sentimiento negativo o
encontrado hacia Caracas.
El punto es aceptar con tolerancia todas las
opiniones y todas las visiones como válidas, porque cada quien vive una
realidad diferente a la tuya y tiene sus razones para pensar diferente. Y es
que es bien cierto, que no necesitamos aquello que no conocemos o no hemos
tenido. Por eso la transculturización y los eventos impactantes (Secuestros,
robos, expropiaciones de empresas y propiedades familiares, despidos políticos,
etc) afectan de una manera u otra a las personas.
Debatiendo con mis amigos Vallepascuenses (Quienes
actualmente viven en distintos lugares: Valle de la Pascua, Puerto La Cruz y
Caracas) escuché toda clase de opiniones sobre el famoso video, hasta que de
manera humorística concluimos que algunos de ellos “se irían demasiado a
Caracas”. Dieron las razones más profundas y banales para llegar a esta
conclusión, desde que debería haber más descentralización de los poderes y
servicios para que sientan que tienen mayor calidad de vida en el interior,
hasta que en Caracas la gente tiene caché y cultura, mientras que en Puerto La
Cruz ellos consideran que no. Y es que dependiendo del problema que queramos
analizar, en el interior las cosas son mejores o peores. Por ejemplo, cuando se
trata de servicios, la luz y el agua escasean con mayor frecuencia en el
interior del país, ya que de esa manera la noticia puede ser maquillada más fácilmente
allá en el centro de mando (Caracas).
Por otro lado, ni siquiera necesito debatir
este tema con mis amigos de la Universidad, porque lo hemos debatido por años.
Yo misma me cansé de ir a despedidas, hasta que un día sin darme cuenta llegó la
mía. Es la realidad de una gran parte de jóvenes caraqueños, que se hayan al
menos planteado la idea de irse del país. Así como también es la realidad de
otro grupo de jóvenes en el interior, que no han conseguido en el país o en su
ciudad, la prosperidad y el progreso que desean. Y es que como dice el PANFLETONEGRO, distintos acontecimientos han tocado nuestra fibra y en algún punto entre
que se “eligió” la reelección indefinida después de haber sido rechazada por el
pueblo, disminuyeron hasta prácticamente nada el acceso a divisas personales, expropiaron
300 empresas o mataron o secuestraron a un familiar o amigo, algunos fuimos
tomando la decisión de irnos del país.
Hablando con los pocos amigos de la Universidad
que quedan en el país, me comentan sus frustraciones por la realidad que están
viviendo y como se debaten día a día entre la perspectiva de irse o quedarse. Los
que decidieron quedarse se las arreglan para sobrevivir la inflación y la inseguridad para aún así seguir teniendo “calidad
de vida”.
En el éxodo también hay de todo tipo de
venezolanos y experiencias. Hay venezolanos que desde su perspectiva y
experiencia, sobre todo porque muchos vivieron casos extremos y cercanos de
inseguridad, denigran de su país y hacen una terrible propaganda al turismo
nacional; lo cual me parece lamentable, porque sólo hablan por su propia
realidad y generan una aún peor matriz de opinión afuera. Más lamentable aún,
es ver venezolanos que no hacen más que quejarse del país que a muchos ha
recibido con los brazos abiertos, como lo es Panamá. Todos debemos aceptar con
humildad, que hay todo tipo de realidades y que lo importante es tomar una
decisión personal, que te haga feliz. Emigrar puede ser más o menos fácil que
quedarte, todo depende de tí.
Ya para concluir, debo confesar que yo extraño
demasiado Caracas, el clima, el Ávila, la gente, la cultura, la arquitectura, la
comida, la rumba, la Universidad, etc. Siempre recuerdo y hablo de esa ciudad a
la que deseo volver y disfrutar al máximo. Como puedo y dentro de mi alcance
trato de ser una embajadora de mi país al venderle a todo el que conozco las riquezas
naturales que sólo podrán encontrar allá, entre otras cosas. Explicar las
razones por las que me fui requeriría otro post igual de largo que este y mis
amigos que siguen allá felices aún no lo entenderían.
Estoy segura que muchos como yo, desearían
regresar eventualmente a Caracas. Seguramente se debaten entre cuándo sería un
buen momento y si realmente ese momento va a llegar. Algunos sentimos que estamos mejor afuera o que al menos el balence es positivo, otros aún no consiguen adaptarse o simplemente los planes no salieron como esperaban.
El punto es que TODOS nos iríamos demasiado a Caracas. Sí, nos iríamos demasiado cuando explotemos el
verdadero potencial turístico de la ciudad y del país, cuando aumente la
confianza en la inversión y la propiedad privada, cuando se reactive la industria
y se acabe el monopolio de las pocas empresas que han sobrevivido al régimen o
de las que expropió, cuando exportemos más de lo que importamos y así podamos
salir del control de cambio que sólo ha traído inseguridad, desbalance,
injusticias y oportunidad para una minoría, cuando haya una mayoría de empleos
dignos, cuando la educación sea imparcial y académica, cuando haya seguridad
social y salud digna para todos por igual, cuando el índice de violencia y narcotráfico
no sea de los más altos de América Latina, cuando el sueldo mínimo sea
realmente competitivo a cualquier tasa de cambio, cuando sienta seguridad y
confianza de ahorrar en mi país, cuando lo servicio básicos funcionen
decentemente, cuando dejemos de juzgar al otro por corrupto pero igual nos
coleamos y usamos el hombrillo, cuando aceptemos todo tipo de opiniones aunque
no estemos de acuerdo…
Ya basta de compararnos con Europa y Estados
Unidos, para bien o para mal. Empecemos a reconocer que tenemos recursos y
condiciones únicas que no estamos aprovechando, que podemos salir adelante por
nosotros mismos, que tenemos un potencial increíble que estamos dejando de ver, bien sea por endiosar o por criticar a las grandes potencias. Recientemente
debatí con un “socialista” sobre la economía de Venezuela y su argumento fue
decirme que en España la gente no tiene empleo y que en Estados Unidos han
quebrado bancos y empresas luego de la crisis. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que
llenarnos de las cosas malas que suceden en otras partes para decir que
nosotros estamos bien. NO, no estamos bien, algo estamos haciendo mal. Parte del
talento se está yendo porque no hay progreso y lo tenemos todo para progresar,
pero le vimos el facilismo a importar hasta lo que hacemos nosotros mismos. Vivimos
comparándonos con potencias que viven una realidad muy distinta a la nuestra. Hay
países en Latinoamérica que en medio de la crisis encontraron su balance
positivo, usando sus propios recursos y fortalezas, no salieron a buscarlo
afuera. Debemos encontrar nuestro balance positivo, nuestro propio potencial,
sin mirar las desgracias del vecino para decir que estamos mejor, sino apalancándonos
en lo que tenemos para dar, que es mucho y lo estamos perdiendo de vista.
Todos somos venezolanos, con realidades y
nacionalismos distintos, pero compartimos un país, un recuerdo y un deseo de
progresar. ¡Tomemos conciencia!.